Comprendiendo la percepción de las fragancias a través de las culturas
9 de diciembre de 2025Reading time: 21 min
La manera en que percibimos los aromas va mucho más allá de la biología: está moldeada por nuestro entorno, recuerdos personales y asociaciones aprendidas. Por ejemplo, la gaulteria huele a caramelo en Canadá, pero recuerda a la gente a la medicina en Francia. Los estudios demuestran que:
La familiaridad impulsa las preferencias olfativas: el 37% de cuánto disfruta una persona un aroma depende de la frecuencia con la que lo ha encontrado.
La experiencia personal es lo más importante: el 54% de las preferencias aromáticas provienen de recuerdos individuales y exposición.
La influencia cultural es menor: representa solo el 6-7% de las diferencias en preferencias.
Mientras que algunos aromas, como las notas frutales, gustan universalmente, otros como el oud o el sándalo tienen significados específicos ligados a rituales y tradiciones. Incluso el simple acto de nombrar un aroma puede transformar la forma en que las personas lo sienten, superando brechas en la percepción. En última instancia, tus preferencias olfativas son una mezcla de biología, crianza y experiencias personales.
Preferencias, conciencia y sensibilidad olfativa: diferencia individual y cultural
La Ciencia Detrás de la Percepción del Aroma
Exploremos la mecánica biológica que da forma a cómo percibimos los aromas, partiendo de la idea de que, aunque nuestro sentido físico del olfato opera de manera similar en todos los seres humanos, la forma en que interpretamos y valoramos los aromas está influenciada por experiencias de vida y componentes culturales.
Cómo Funciona el Sistema Olfativo
Cada vez que te encuentras con una fragancia, se inicia un fascinante proceso biológico. Compuestos químicos volátiles del aroma viajan por tus conductos nasales hasta el epitelio olfativo, un tejido especializado equipado con millones de receptores olfativos. Cada uno de estos receptores está afinado para reconocer estructuras moleculares específicas.
Cuando una molécula olorosa se une a un receptor, desencadena una señal que viaja a través del nervio olfativo hasta el bulbo olfativo. Desde allí, estas señales se ramifican en diferentes trayectorias. Algunas se dirigen al sistema límbico, la parte del cerebro responsable de las emociones y los recuerdos. Por esto ciertos aromas pueden trasladarte instantáneamente a una memoria infantil o provocar sentimientos intensos. Otras señales se envían a la corteza, donde ocurre el reconocimiento consciente, permitiéndote identificar y procesar el aroma.
Este proceso biológico es universal: tanto si estás en Tanzania, Polonia o los Estados Unidos, tu sistema olfativo funciona del mismo modo. Sin embargo, aunque el “hardware” de la percepción del aroma es constante, la manera en que el cerebro interpreta los olores depende de experiencias individuales y culturales.
Curiosamente, incluso la percepción de la intensidad aromática —cuán fuerte o suave nos resulta un aroma— varía entre culturas. Por ejemplo, las personas expuestas a altas concentraciones de ciertas especias pueden percibir su intensidad de manera diferente a quienes tienen menor exposición. Esto sugiere que incluso las tareas sensoriales más básicas están influenciadas por la experiencia y el contexto.
Preferencias Olfativas: Aprendizaje vs. Innatismo
Aunque nuestra estructura biológica para detectar aromas es universal, nuestras preferencias están moldeadas en gran medida por lo que hemos aprendido y experimentado.
¿Qué determina si un aroma nos gusta o no, la biología o la experiencia? La respuesta es compleja. Si bien la estructura molecular de un aroma desempeña un papel, la familiaridad y la exposición personal tienen mucha más influencia. Los estudios muestran que la familiaridad es el mayor predictor de si alguien hallará agradable un aroma. De hecho, la familiaridad representa el 37% de la variación en cómo las personas califican los aromas en distintas poblaciones. Los humanos se sienten naturalmente atraídos por los olores reconocidos, pero lo que se vuelve familiar está completamente moldeado por exposición individual y cultural.
Toma como ejemplo la gaulteria. En Estados Unidos, la gaulteria se asocia con caramelos y dulces, siendo un aroma ampliamente apreciado. Pero en el Reino Unido, donde la gaulteria suele usarse en productos medicinales, suele considerarse desagradable. El sistema olfativo detecta las mismas moléculas en ambos casos, pero años de asociaciones distintas conducen a reacciones totalmente diferentes.
Este patrón se repite con otros aromas. Por ejemplo, el anís, la gaulteria y la canela están ligados a los dulces en EE.UU., pero en Francia evocan productos medicinales, y en Vietnam se consideran florales aunque asociados a la medicina tradicional. Estas diferencias no son menores: reflejan respuestas emocionales y cognitivas completamente distintas ante el mismo estímulo sensorial.
Curiosamente, cuando los investigadores ponen nombre a los olores, las diferencias culturales en la percepción a menudo disminuyen o incluso desaparecen. Poner nombre a un aroma aumenta la familiaridad y las puntuaciones de agrado en todas las culturas. Por ejemplo, la palabra “vainilla” puede provocar reacciones más coherentes en distintas poblaciones que el propio aroma cuando no se identifica. Esto sugiere que el lenguaje activa representaciones mentales compartidas, cerrando algunas brechas creadas por las diferencias culturales.
Patrones Universales y Asociaciones Aprendidas
Aunque las preferencias aromáticas están mayormente moldeadas por la experiencia, surgen algunos patrones universales. Estudios en diversas poblaciones —desde cazadores-recolectores hasta sociedades urbanas— muestran que los aromas frutales son consistentemente valorados como los más agradables. Por ejemplo, fresa y durazno obtuvieron puntuaciones de 64.3 y 62.8 respectivamente en una escala estandarizada de agrado. Esto podría indicar un vínculo evolutivo, ya que estos aromas pueden señalar alimentos maduros y nutritivos.
Incluso las asociaciones entre aromas y colores son aprendidas más que innatas. Por ejemplo, estudios comparando participantes de EE.UU., Alemania, Malasia y chinos residentes en los Países Bajos revelaron patrones variados en la conexión entre aromas y colores. Los estadounidenses y alemanes mostraron más coincidencias, mientras que los malayos y los chinos residentes en Países Bajos fueron los más diferentes. Estas asociaciones se desarrollan a través de la exposición repetida a alimentos y productos específicos, subrayando una vez más el papel del contexto cultural en las experiencias sensoriales.
Cómo la Cultura Moldea las Preferencias Aromáticas
Nuestro sentido del olfato es universal en su mecánica biológica, pero profundamente personal en su interpretación. Los aromas que amamos —o detestamos— están formados por nuestra crianza, la dieta y las tradiciones heredadas. Aunque la biología sienta las bases, el verdadero arte de nuestras preferencias olfativas esculpe el telón de fondo cultural de nuestras vidas. Lo que resulta reconfortante para una persona puede resultar ajeno e incluso desagradable para otra. Esta divergencia surge de las experiencias, que modelan la interpretación de los aromas mucho más que la biología.
Asociaciones Históricas y Regionales de Aromas
Los recursos y tradiciones de una región a menudo crean aromas emblemáticos que pasan a formar parte de su identidad. Estas fragancias van mucho más allá de agradar: portan historias, rituales y significados.
Toma el oud, por ejemplo. Esta rica nota amaderada ha sido pilar de la perfumería y rituales islámicos en Oriente Medio durante siglos. Se quema como incienso en hogares y mezquitas, se lleva como fragancia lujosa y está intrincadamente vinculada a celebraciones y vida diaria. Para quienes han crecido en el Golfo, el oud está impregnado de tradición y relevancia cultural. En contraste, alguien que lo experimenta por primera vez en un contexto occidental podría encontrarlo intenso o poco familiar.
De igual modo, en Provenza, Francia, la lavanda es símbolo de limpieza y curación desde hace generaciones. Los campos de lavanda han sido cultivados durante siglos, integrando la fragancia en la identidad de la región. No es de extrañar que los franceses muestren, en estudios transculturales, una conexión más fuerte con la lavanda que los canadienses. Desde productos de limpieza hasta perfumes y remedios tradicionales, la lavanda en Francia evoca frescura y refinamiento.
En el sur y este de Asia, fragancias como sándalo, jazmín e incienso están profundamente vinculadas a la espiritualidad y las ceremonias. Son esenciales en rituales de templo, meditación y festivales, creando lazos emocionales sólidos. Para quienes viven estas tradiciones, estos aromas evocan paz y reverencia. Pero para otros, sin ese contexto, puede que no provoquen la misma respuesta.
Incluso un aroma tan sencillo como la gaulteria resalta diferencias culturales. Las investigaciones muestran que los franceses suelen encontrarla menos atractiva que los franco-canadienses. ¿Por qué? En Francia se asocia con productos medicinales, mientras que en Canadá evoca caramelos y dulces. Las mismas moléculas olfativas evocan asociaciones totalmente diferentes —medicina versus caprichos— según el contexto cultural.
Este patrón se extiende a otros aromas familiares como anís y canela. En EE.UU. suelen estar vinculados a postres, mientras que en Francia evocan remedios. En Vietnam, se consideran notas florales pero continúan conectadas a la medicina tradicional.
Estas firmas aromáticas regionales nos llevan inevitablemente a considerar cómo los factores ambientales cotidianos perfilan aún más nuestras preferencias olfativas.
Impacto de la Dieta y el Entorno en la Percepción del Aroma
Más allá de las tradiciones culturales, la dieta y el entorno juegan un papel crucial a la hora de definir lo que nos resulta agradable. Lo que comemos y olemos a diario crea una base de lo que sentimos como familiar, y la familiaridad suele dictar la preferencia.
Especias intensas, alimentos fermentados o métodos de cocina tradicionales pueden redefinir lo que consideramos como una intensidad “normal” de aroma. Por ejemplo, crecer en un hogar lleno de aromas culinarios intensos fomenta una tolerancia distinta frente a los olores fuertes, en comparación con un hogar de costumbres culinarias suaves. Con el tiempo, esta exposición no solo construye tolerancia —puede convertir esos aromas intensos en favoritos.
Un estudio que comparó cinco poblaciones diversas —cazadores-recolectores Hadza en Tanzania, Tsimane’ en Bolivia, Yali en Nueva Guinea y participantes urbanos en Polonia y Malasia— demostró cómo los entornos diarios modelan la percepción olfativa. Los Hadza, por ejemplo, valoraron menos agradablemente los aromas, mientras que los polacos los encontraron más placenteros. Los Yali, en cambio, mostraron preferencias tan particulares que apenas coincidían con las de los otros grupos. Estas diferencias subrayan cómo los ambientes ecológicos únicos y los encuentros cotidianos influyen en la experiencia olfativa.
En ambientes industrializados, las personas suelen estar expuestas a una gama estandarizada de fragancias comerciales: detergentes, ambientadores y productos de cuidado personal, que crean referentes aromáticos compartidos. En contraposición, las poblaciones tradicionales dependen del entorno natural y de prácticas ancestrales, lo que da lugar a marcos olfativos completamente diferentes. Ningún enfoque es intrínsecamente superior; simplemente reflejan maneras distintas de experimentar el mundo.
Incluso la percepción de la intensidad de un aroma —ya parezca fuerte o sutil— está determinada por la exposición regular. Por ejemplo, quien quema incienso a menudo puede experimentar su fuerza de otro modo que quien lo huele por primera vez.
Curiosamente, nombrar un aroma puede tender puentes sobre estas diferencias culturales. Los estudios demuestran que cuando se da a los participantes el nombre de un olor, las diferencias en la percepción de agradabilidad a menudo desaparecen o se atenúan. Esto sugiere que, si bien las reacciones iniciales están influenciadas por la cultura, el contexto y la información pueden remodelarlas.
Para quienes se aventuran en fragancias de otras tradiciones —sea probando el oud por primera vez, explorando inciensos asiáticos o saboreando aromas gourmand de otra región— conviene recordar que las primeras impresiones pueden cambiar. Lo que inicialmente parece extraño podría, con el tiempo y la exposición, convertirse en una adición adorada a tu repertorio olfativo.
El Aroma en los Rituales y la Vida Cotidiana
El aroma posee una habilidad única para tender un puente entre lo personal y lo colectivo, uniendo recuerdos íntimos con prácticas culturales compartidas. Desde celebrar hitos vitales hasta definir rutinas diarias, la fragancia actúa como un hilo sensorial que nos conecta con la herencia, las creencias y la identidad. Lo que una cultura celebra con una fragancia especial, otra puede reservarlo solo para ocasiones solemnes, ilustrando cómo el aroma se entrelaza con el sentido y la tradición.
Perfume en Ceremonias y Celebraciones
A lo largo del mundo, los aromas desempeñan un papel central en las ceremonias que marcan los momentos más significativos de la vida. No solo enriquecen el ambiente, sino que portan simbolismo, reflejando valores espirituales, culturales y emocionales.
En las bodas hindúes en la India, fragancias como jazmín, rosa y sándalo se entrelazan en cada etapa de la celebración. Las guirnaldas de jazmín se intercambian entre los novios, las rosas decoran los altares y la pasta de sándalo se aplica durante rituales previos, llenando el aire de su aroma calmante. Estos aromas no son simples ornamentos: representan pureza, bendiciones y prosperidad, constituyendo parte esencial de la unión.
Las iglesias cristianas utilizan incienso y mirra durante la Misa y otras celebraciones. Estas resinas, quemadas en ocasiones señaladas como la Navidad o Semana Santa, crean una atmósfera de devoción y reverencia. Su uso, arraigado en siglos de tradición, transforma el acto de adoración en una experiencia multisensorial donde el perfume actúa como una forma de oración.
En Japón, el arte del kōdō, o “el camino del incienso”, eleva el aroma a un ritual meditativo. Similar a la ceremonia del té, los participantes se reúnen para apreciar y reflexionar sobre inciensos selectos. Basada en el budismo zen, esta práctica enfatiza la atención plena, la armonía y la contemplación estética, haciendo del aroma un acto consciente de conexión espiritual.
En Oriente Medio y el norte de África, el oud ocupa el corazón de la vida diaria y las celebraciones especiales. Ya sea quemando astillas de oud o portando perfumes de oud, este rico aroma simboliza hospitalidad, orgullo y estatus. Durante el Ramadán y el Eid, el uso del oud se intensifica, subrayando su vínculo con la alegría, la familia y la tradición.
Cuando las fragancias se asocian de manera constante con rituales significativos, adquieren resonancia emocional. Por ejemplo, encontrar el aroma de incienso o jazmín fuera de contextos ceremoniales puede evocar al instante recuerdos y emociones ligadas a esos momentos. Curiosamente, se ha demostrado que cuando las personas reciben nombres y significados culturales de ciertos aromas, sus percepciones suelen coincidir, independientemente de su origen. Esto sugiere que comprender el significado de una fragancia —como por qué el sándalo es sagrado en rituales hindúes o por qué el oud es venerado en Oriente Medio— puede tender puentes culturales y profundizar la apreciación.
El Aroma como Identidad
Más allá de las ceremonias formales, el aroma desempeña un papel crucial en la vida cotidiana y en la formación de la identidad personal y cultural. En muchos hogares del sudeste asiático y Medio Oriente, la fragancia es pilar de la hospitalidad. Los invitados son recibidos con incienso o aceites perfumados, y el tipo y la intensidad de los aromas reflejan la generosidad y el estatus del anfitrión. En algunas comunidades, ciertos perfumes incluso comunican edad, estado civil o rango social, en una especie de lenguaje no hablado.
Estas prácticas diarias suelen transmitirse de generación en generación, preservando tradiciones aun cuando otros elementos culturales evolucionan. Sin embargo, lo que se considera un aroma agradable o apropiado varía enormemente. Por ejemplo, en algunas comunidades africanas y amazónicas, el olor corporal natural se abraza como signo de autenticidad, contrastando con la norma occidental de privilegiar la desodorización. Estas diferencias reflejan distintos valores culturales sobre lo natural, la limpieza y la autoexpresión.
Las tradiciones culinarias también influyen en las preferencias aromáticas. En regiones donde especias intensas dominan la cocina, esas mismas notas suelen aparecer en perfumes y productos personales, creando una identidad sensorial coherente. Incluso la intensidad de la fragancia varía: algunos prefieren aromas sutiles y cercanos a la piel, mientras otros eligen fragancias audaces que llenan la estancia, reflejando valores entorno al espacio personal y la interacción social.
Explorar aromas de distintas tradiciones revela cómo la identidad opera en dos niveles. Primero, los marcos culturales que definen asociaciones dominantes —como la rosa en bodas o el incienso en templos—. Luego, la capa personal, donde las experiencias y recuerdos individuales configuran preferencias dentro de esos marcos. Mientras la cultura establece la base, la interpretación personal aporta profundidad e individualidad.
Las tendencias modernas fusionan cada vez más identidades aromáticas tradicionales con estilos de vida contemporáneos. Hay quienes buscan aromas ancestrales mediante el “turismo aromático” o exploran la perfumería patrimonial para conectar con la historia local. Las rutinas de bienestar incorporan hoy fragancias como palo santo, salvia y nag champa, inspiradas en prácticas espirituales. Mientras tanto, firmas de lujo infunden notas ceremoniales como oud, incienso y sándalo en sus perfumes, llevando tradiciones ancestrales al uso cotidiano.
No obstante, esta fusión de tradiciones requiere sensibilidad. Una fragancia que simboliza fiesta en una cultura puede tener un significado solemne o sagrado en otra. Comprender el origen y la relevancia de estos aromas permite una apreciación más profunda y evita errores.
Ya sea el jazmín de las bodas indias, el incienso en los rituales cristianos o el oud en los encuentros de Oriente Medio, estas fragancias cuentan historias. Nos conectan con nuestras raíces, comunican quiénes somos y marcan los hitos que dan forma a nuestras vidas. En un mundo que a menudo parece homogenizado, los aromas que elegimos siguen siendo profundamente personales y culturalmente ricos, una forma significativa de expresar identidad y honrar la tradición.
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Lenguaje y Descripción de Aromas
La manera de describir fragancias está profundamente influida por la cultura y las experiencias personales, lo que determina cómo percibimos y conectamos con los aromas. El lenguaje desempeña un papel crucial unificando estas experiencias olfativas, aunque muchas veces no logra capturar la esencia de un aroma.
Si alguna vez te ha resultado difícil describir un perfume más allá de “huele bien” o “como flores”, no eres el único. Muchos idiomas occidentales utilizan comparaciones con fuentes conocidas o términos genéricos como “fresco” o “limpio”. Esto no es una carencia personal, sino consecuencia de la limitada variedad de palabras disponibles para hablar de aromas en términos abstractos.
Curiosamente, esta carencia lingüística no es universal. Algunas culturas han desarrollado vocabularios ricos y precisos para describir olores, demostrando que se trata de una cuestión normada culturalmente, más que de una incapacidad sensorial innata.
Diferencias en el Vocabulario Olfativo entre Culturas
Toma como ejemplo a los Jahai, un pueblo orang asli de la península malaya. Su idioma incluye de 12 a 15 términos básicos específicos para olores. En lugar de decir “huele a gasolina”, emplean una sola palabra que designa aromas “punzantes”, abarcando gasolina, humo y ciertas plantas. Incluso cuentan con un término para olores “sanguinolentos o a pescado”, capturando una cualidad única sin vincularse a una fuente específica.
Las investigaciones muestran que los hablantes de Jahai identifican olores tan rápida y consistentemente como los colores. De modo similar, los Maniq del sur de Tailandia poseen un léxico olfativo elaborado ligado a sus prácticas culturales. En contraste, los angloparlantes sobresalen al nombrar colores pero tienen dificultades para etiquetar aromas. En sociedades donde el olfato juega un papel central en la vida diaria —recolección de alimentos, conciencia ambiental— el lenguaje evoluciona para codificar información olfativa de manera más eficaz. Mientras, las culturas occidentales industrializadas históricamente han priorizado descripciones visuales sobre las olfativas.
Estas diferencias lingüísticas también inciden en la forma en que se categorizan los aromas. Por ejemplo, en Estados Unidos, la canela, el anís y la gaulteria suelen estar ligados a dulces y postres. En Francia esos mismos aromas evocan asociaciones medicinales, mientras que en Vietnam se asocian con notas florales y remedios tradicionales.
Resulta fascinante cómo poner nombre a los aromas puede acortar estas brechas culturales. Los estudios han demostrado que, cuando se asignan nombres a las muestras, mejoran las valoraciones de familiaridad, agrado e incluso comestibilidad. También disminuyen las diferencias culturales, incluso en respuestas no verbales. La familiaridad es clave: mientras la cultura explica solo el 6–7% de la variación en preferencias, la familiaridad responde por el 37%. El simple hecho de nombrar un aroma y vincularlo a experiencias con significado lo vuelve más relatable y placentero.
Comprender cómo el lenguaje y la cultura influyen en la percepción aromática puede revolucionar la comunicación de las fragancias por parte de las marcas. Una descripción que resulta atractiva en Nueva York puede no funcionar en París: no porque cambie la fragancia, sino porque el lenguaje empleado encierra distintas connotaciones. El marketing tradicional de fragancias suele fiarse de términos universales como “floral”, “amaderado” o “fresco”, pero estos calificativos no siempre se traducen igual en distintas culturas. Por ejemplo, presentar una fragancia de canela y anís como “dulce y gourmand” seduce al consumidor americano, pero puede desconcertar al público francés, que asocia esas notas con medicamentos.
Para salvar este desfase, las marcas deberían unir descriptores universales a narrativas culturales específicas. Mientras que las propiedades moleculares explican un 41% de la preferencia aromática, la variación restante —moldeada por la familiaridad, la cultura y el gusto personal— se puede influenciar mediante el storytelling cuidado.
Aquí plataformas como Scento llevan ventaja. Al ofrecer descubrir fragancias mediante decants de 0,75 ml, 2 ml y 8 ml, Scento permite experimentar el aroma de primera mano, superando el reto de imaginarlo solo a partir de un texto. Descripciones detalladas y específicas culturalmente ayudan a orientar al cliente hacia las asociaciones correctas, ampliando a la vez su vocabulario olfativo.
La investigación respalda este enfoque educativo. Las etiquetas semánticas —como descripciones amplias, relatos de origen y contexto cultural— ayudan a reducir las diferencias perceptivas. Los estudios demuestran que las brechas culturales en la evaluación olfativa se reducen notablemente cuando se proporcionan nombres a los aromas. Además, investigaciones entre participantes de EE.UU., Alemania, Países Bajos, Malasia y China revelan que las asociaciones color–aroma son coherentes dentro de cada cultura, pero varían enormemente entre ellas. Por ello, los elementos visuales del marketing, como los colores del empaque y la imaginería, deberían complementar las descripciones localizadas.
Para el modelo de suscripción de Scento, que entrega descubrimientos de 8 ml mensuales, adaptar la descripción a la cultura de cada cliente enriquece la experiencia. Los suscriptores, al explorar diferentes fragancias, desarrollan un vocabulario propio para expresar preferencias. Hay estudios que muestran incluso que los indicios semánticos pueden cambiar drásticamente la percepción del agrado de un aroma —aunque la fragancia en sí permanezca igual—. En mercados con escaso léxico olfativo, herramientas como las pirámides de notas, etiquetas de ánimo o analogías comprensibles pueden ayudar a los clientes a articular mejor sus gustos.
Cuando una persona puede nombrar un aroma y conectarlo con experiencias propias, gana seguridad en su elección. A medida que Scento amplía la oferta a frascos de diseñador más grandes, este enfoque guiado de descubrimiento olfativo empodera al cliente para tomar decisiones informadas. Combinando educación, narrativa y sensibilidad cultural, Scento crea una experiencia aromática más rica y conectada.
Preferencias Personales Dentro de las Culturas
La cultura prepara el escenario de cómo percibimos los aromas, pero es nuestra historia personal la que protagoniza. Incluso quienes han crecido en el mismo pueblo, hablan el mismo idioma y comparten productos pueden tener reacciones completamente distintas ante una misma fragancia. ¿Por qué? Porque nuestros recuerdos, emociones y experiencias diarias actúan como filtros, interpretando los códigos culturales a medida.
Basta algo tan sencillo como el olor de la cebolla asada o el café recién hecho en EE.UU. Para muchos, estos aromas evocan recuerdos entrañables de diners, desayunos familiares o tranquilos fines de semana. Pero para quien haya sufrido una intoxicación tras una comida similar, esos aromas pueden desencadenar aversión instantánea, incluso años después. Los estudios demuestran una y otra vez que las diferencias en preferencias aromáticas dentro de una misma cultura pueden ser tan llamativas como entre culturas. Esas diferencias individuales a menudo llevan a elecciones opuestas a lo que marca el entorno.
Equilibrando Sociedad y Gusto Personal
A menudo, la experiencia particular prevalece sobre las normas colectivas en cuestión de fragancias. Por ejemplo, la gaulteria se asocia a notas medicinales en Francia, pero evoca dulces y caramelos en Quebec. Esto es porque la exposición repetida a un aroma en un contexto específico influye en la percepción. Un perfume vinculado a una relación puede arrastrar peso emocional para toda la vida —positivo o negativo—, mientras que una fragancia que recuerda a un abuelo querido puede resultarte reconfortante, sin importar lo que dicte la moda.
Los entornos sociales también inciden en la elección de perfume. Muchas personas adaptan su aroma al contexto: eligen una colonia cítrica para transmitir profesionalidad en el trabajo, y cambian a un gourmand cálido u aroma floral en casa para un ambiente más personal y relajado. Por eso, las marcas abandonan cada vez más las categorías rígidas “para hombre” o “para mujer”, y pautan las fragancias por ocasión o estado de ánimo: “acogedora”, “de cita”, etc.
Investigación Sobre las Diferencias Individuales
La investigación resalta cuán personales son las preferencias aromáticas. Mientras que la cultura explica alrededor del 6–7% de la variabilidad, el gusto personal (54%) y la familiaridad olfativa (37%) dominan, con las propiedades moleculares representando el 41%.
Incluso dentro de una misma cultura, la exposición cotidiana a aromas varía enormemente. Una barista, por ejemplo, puede desarrollar fuerte predilección por fragancias con notas de café, mientras que alguien que apenas lo consume tal vez no las aprecie. De igual modo, un cocinero hogareño que usa canela o cardamomo puede asociar esas notas al confort; otros pueden hallar esas especias abrumadoras. Estas pequeñas diferencias diarias definen nuestros “aromas de confort”.
La biología añade otra capa de complejidad. Diferencias genéticas en los receptores olfativos hacen que algunas personas sean extremadamente sensibles a ciertos compuestos, mientras que a otras les resultan casi imperceptibles. La edad, los cambios hormonales, el tabaquismo y hasta la personalidad afectan también la percepción y la preferencia. Todo ello refuerza la idea de que la selección perfumística debe honrar tanto lo cultural como lo singular.
Las preferencias de fragancia son intensamente personales, y tratar de predecir lo que alguien va a amar basándose solo en tendencias culturales o datos demográficos es casi imposible. De ahí que los enfoques de prueba resulten tan eficaces: ensayar aromas en distintos contextos —en el trabajo, para una cita, en un fin de semana tranquilo— te ayuda a descubrir cómo interactúan con tu química, memoria y rutina personal.
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Para aprovechar al máximo la exploración, considera llevar un diario aromático. Anota cuándo y dónde usaste cada fragancia, cómo te hizo sentir y si hubo reacciones. Con el tiempo notarás patrones que revelarán lo que verdaderamente te conmueve, más allá de las modas.
A medida que experimentas —cítricos, amaderados, gourmand, florales, intensos o suaves—, tal vez veas cómo tus preferencias evolucionan. La investigación sugiere que, conforme se da la familiaridad y cambian las experiencias vitales, lo que opinas sobre ciertas notas se transforma y los aromas antes descartados pasan a ser los nuevos favoritos. Mientras la cultura ofrece un marco compartido, tu historia personal modela realmente tu elección de fragancia. Esta suma de influencias individuales y colectivas resalta el valor de las pruebas seleccionadas, abriendo la puerta al descubrimiento de aromas que sean auténticamente tuyos. Abrazar este recorrido mediante pruebas reflexivas es el secreto para construir un guardarropa aromático genuino.
Conclusión
Nuestro sentido del olfato está dirigido por la biología, pero la interpretación de los aromas es mayormente aprendida. La forma en que percibimos los olores proviene de una mezcla de disposiciones biológicas, influencias culturales y experiencias personales. La biología sienta la base: los estudios revelan que los aromas frutales como fresa y durazno suelen gustar en diversos grupos, desde comunidades Hadza de África hasta malayos urbanos. Sin embargo, la biología por sí sola no cuenta la historia completa. La cultura desempeña un papel crucial reformulando esas percepciones.
Pensemos en la gaulteria: en Canadá se asocia con caramelos y es agradable; en Francia, se vincula a la medicina y se valora menos. El mismo compuesto puede evocar respuestas emocionales totalmente distintas según las asociaciones aprendidas. Igualmente, especias y resinas suelen portar significados culturales antes de erigirse símbolos globales de sofisticación. Lo que parece “normal” o “refinado” en una fragancia no está impreso en los genes: lo moldea la historia y el contexto cultural. Esta diversidad explica por qué las preferencias olfativas varían tanto de una persona a otra.
Incluso dentro de la misma familia o comunidad, dos personas pueden reaccionar de manera opuesta ante un mismo perfume. Ello se debe a que los recuerdos, hábitos y conexiones emocionales son personales e intransferibles. La investigación muestra que, aunque la biología y las tendencias culturales influyen en las preferencias, la experiencia individual tiene el mayor impacto. Al final, lo que disfrutas usar está determinado en mayor medida por tus recuerdos y vivencias que por patrones colectivos.
Estos datos son especialmente útiles a la hora de recorrer el mercado actual de fragancias, dominado por frascos grandes y costosos —a menudo superando los 200 USD—. Muchas personas jamás acaban esos perfumes ni conectan del todo con su aroma. Para fragancias de orígenes culturales menos familiares —como el oud, el incienso intenso o las especias medicinales—, es más inteligente empezar en pequeño. Los tamaños menores te permiten probar cómo la fragancia interactúa con tu piel y tus recuerdos antes de decidirte por el frasco completo.
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A medida que pruebas categorías diferentes —cítricos, amaderados, gourmand, florales, o aromas más ligeros e intensos—, tus preferencias pueden ir cambiando. La investigación indica que, conforme crece la familiaridad y evolucionan tus vivencias, tu opinión sobre ciertas notas puede transformarse. Aromas que antes pasaban desapercibidos pueden convertirse en tus nuevos preferidos. Prueba fragancias de distintas regiones y tradiciones con la mente abierta. Lo que al principio parece “extraño” puede volverse “reconfortante” si das pie a nuevas asociaciones positivas. Reflexiona sobre cómo tus recuerdos y contexto moldean tus gustos, y utiliza esa autoconciencia para guiar tu recorrido aromático.
Preguntas Frecuentes
¿Cómo influyen las diferencias culturales en la percepción de ciertos aromas, como la gaulteria?
El trasfondo cultural influye profundamente en cómo se perciben e interpretan los aromas. Pongamos la gaulteria como ejemplo: en Estados Unidos suele estar asociada con chicles o cremas deportivas, evocando sensaciones de confort y nostalgia. Por el contrario, en algunas regiones de Europa, ese mismo aroma se conecta más con productos medicinales, lo que puede generar una impresión clínica o menos atractiva.
Estas reacciones opuestas tienen raíz en los usos históricos y los contextos sociales, según cómo se han integrado determinados aromas en la vida cotidiana. Reconocer estos factores culturales es esencial a la hora de crear o vender fragancias que conecten con públicos diversos.
¿Cómo afecta el lenguaje la forma en que percibimos y apreciamos fragancias en distintas culturas?
El lenguaje influye profundamente en cómo describimos, interpretamos y nos conectamos con las fragancias en todo el mundo. Cada idioma ofrece términos y expresiones propios para los aromas, lo que incide en cómo las personas los perciben y clasifican. Por ejemplo, algunas culturas disponen de palabras precisas para diferencias sutiles, mientras otras emplean descripciones más generales.
Más allá del vocabulario, los relatos y las tradiciones integradas en el lenguaje a menudo modelan los lazos emocionales con aromas concretos. Estas capas lingüísticas y culturales revelan el intrincado vínculo entre la experiencia olfativa y la identidad conformada por el entorno cultural.
¿Por qué conviene empezar con muestras pequeñas al descubrir aromas de otras culturas?
Explorar fragancias de distintas tradiciones es como iniciar un viaje sensorial. Como los aromas suelen estar profundamente arraigados a costumbres y preferencias de cada cultura, lo que resulta reconfortante o atractivo en una puede ser completamente inusual en otra. Empezar con muestras pequeñas es una forma práctica de sumergirte en este mundo sin comprometerte con un frasco grande. Es una manera sin presión de experimentar y descubrir qué conecta realmente con tu gusto.
El clima, la gastronomía e incluso la historia influyen en cómo se percibe una fragancia, añadiendo capas de complejidad. Las muestras te permiten tomarte el tiempo necesario, apreciar esos matices y descubrir cómo resuenan contigo. Además, comenzar en pequeño ayuda a reducir el desperdicio y te permite tomar decisiones más pensadas y seguras al armar tu colección de perfumes.
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